30 años junto a Manuel Lamas

Conocí a Manuel Lamas a comienzos de los años noventa, en un viejo café del sur de América, en un país olvidado: Uruguay. Entre nosotros se dio una relación de trabajo y de amistad casi filial. Fue un consejero fundamental en los primeros años de mi pequeña agencia de publicidad, que pasó de la nada a trabajar con decenas de empresas multinacionales.

Conocimos el éxito, pero también su reverso. Hacia el final de su vida, Manuel y yo comíamos en un comedor público donde las cucarachas caminaban sobre la comida. Vivía en una vivienda semidestruida, donde pasó sus últimos días abandonado, en la miseria en la que mueren muchos artistas.

Su final estuvo marcado por una desaparición extraña, en un contexto de prostitución y oscuridad. Toda su obra desapareció sin dejar rastro, incluida una producción clandestina que formaba parte de su mundo más oculto.

Años más tarde, nuevas generaciones lo reivindicarían como cineasta de culto a través de su film Acto de violencia en una joven periodista.

El Artista del Fin del Mundo es una ficción inspirada en mis andanzas con Manuel Lamas: una historia que entrelaza mi vida y la suya.

Un proyecto de Pablo Denevi

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